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Mujeres renacentistas

La historia de la mujer durante mucho tiempo ha estado sujeta al caprichoso devenir socio-político, haciéndola deambular entre el mundo de las luces y el mundo de las sombras, y situándola muchas veces bajo el escarnio de la pluma de muchos escritores, “mais se les femmes eussent le libres fait/Je scay de vray qu´autrement fust de fair/Car bieb scevent qu´a tort son encoulpées”.

El albor del renacimiento fue quizá una de las épocas en que “la luz” del humanismo relegó a la penumbra a varias féminas que, movidas por el ansia de la sabiduría, se ejercitaban en los estudios humanísticos arropadas por la reina Isabel la Católica. Este fue el caso de “las docta puellae”, llamadas posteriormente “las mujeres sabias en la corte de Isabel la Católica”: Beatriz de Boadilla, Beatriz Galindo, Lucía de Medrano, Catalina de Aragón, Beatriz de Silva y María Pacheco (en este artículo hablaremos de las cuatro primeras). Las seis mujeres se caracterizan por ser renacentistas, independientes, sagaces políticas, cultas por encarnar el ideal del saber y estar amparadas por Isabel la Católica, mecenas, junto a su marido, de sabios maestros italianos y españoles. 

“Jugaba el rey, éramos todos tahúres, estudia la reina, agora somos todos estudiantes”.

Pero no solo sorprendió el brote renacentista en España bajo el mecenazgo de Isabel, sino que esta apreciación de la cultura se extendió por igual a hombres y a mujeres. Los nobles aceptaban que sus hijas accediesen al conocimiento del latín, del griego y de otros campos varios. Lucio Mariano Siculo en su obra “Hispanis Laudabis” dijo de la mujer española “elocuentes y sin complejos ante los hombres en quienes ven sus iguales”. 

Señalamos también que la reina se preocupó también por educar al pueblo, fundó escuelas para niños pobres, algunas de ellas fueron dirigidas por Beatriz Galindo, La latina. En los conventos se enseñaba latín a las novicias y el propio Luis Vives en su obra Instrucción señala: …”la muchacha joven debe ante todo aprender su lengua vernácula, y si tiene talento para ello, el latín…después aprender los preceptos de la filosofía moral en los escritos de Platón, Cicerón …Aristóteles en lo que toca a la economía doméstica, a Fidelfo y Vergerius en lo que toca a la educación de los niños”.

Lo triste fue que este brote renacentista murió con la reina, la mujer fue relegada al ámbito doméstico, surgieron muchas voces detractoras de la educación femenina: Tomás Moro, Fray Luis de León, Santa Teresa, quien prefería que la mujer se dedicase a Dios y el último aldabonazo lo dieron los jesuitas desde el púlpito predicando los males de las “mujeres virago”. 

BEATRIZ DE BOADILLA

Compañera de infancia de la reina, hija de Pedro de Boadilla y doña María Maldonado, guardianes de la fortaleza de Arévalo donde Enrique IV decidió enviar a Isabel de Portugal, segunda esposa de Juan II y madre de Isabel y Alfonso.

Entonces era don Gonzalo de Chacón preceptor de los infantes, junto a ellos Beatriz se instruyó en el arte de la música y de las letras. Compartió con la infanta juegos, secretos y aficiones.
En numerosas ocasiones mostró su fidelidad a la reina, quien pidió a su hermano Enrique IV que la nombrase su camarera mayor y le buscó un marido de confianza, Andrés de Cabrera, que en un futuro llegaría a gozar de la confianza del rey.

Consejera de Isabel, le apoyó en su coronación y favoreció el matrimonio con Fernando, y en varias ocasiones dispuso su vida a la reina. Su principal labor junto con su marido fue atraer a la nobleza a la obediencia real. 

Sabido es que la reina, ya entrada en años, decidió aprender latín, para ello tomó como instructora a Beatriz de Galindo, “la latina”, quien impartía las clases a ella y a sus damas, incluso en las guerras; sabemos que Beatriz de Boadilla se aplicó “con feliz suceso al estudio del latín, para complacer a su Señora”.

A su muerte el 17 de enero de 1511, Pedro Mártir de Anglería escribió:

“Mientras vivió la Marquesa Doña Beatriz mostró ánimo viril en la paz y en la guerra, y por su consejo se hicieron en el reino muchas cosas esclarecidas.”

BEATRIZ GALINDO, LA LATINA.

“Nacida en Salamanca, de familia ilustre, a los nueve años demostró una gran afición por la literatura, dedicándose a la lectura de libros científicos…un tío suyo le dio lecciones de latín en que se distinguió notablemente, por lo que le aplicaron el sobrenombre de “La latina”. Hablaba este idioma con tanta perfección como su idioma natal.

Dedicose a la Filosofía…Isabel La Católica la llamó a sí y la nombró su camarista, depositando en ella toda su confianza.

A la edad de 35 años perdió a su marido, pidió permiso para retirarse de la Corte al objeto de entregarse más profundamente al estudio… En 1506 fundó el hospital llamado de La latina. Estableció varias casas de religiosas, una de ellas dedicada a la educación de señoritas pobres, siendo la directora de este establecimiento hasta su muerte”.

Se cree que impartió clase de latín en la Universidad de Salamanca pero no hay un documento oficial que lo demuestre, por lo que se considera que fue lectora invitada.

Maestra de la reina y de las infantas, vivió en la corte bajo la protección de la infanta Catalina. Se sabe que compuso varias poesías, muy conocidas en su tiempo.

Ya viuda funda el Hospital de “La latina” y dos monasterios, el de la Concepción Francisca y el de las Gerónimas, fundaciones con las que tuvo muchas dificultades.

A su muerte dejó minuciosamente establecidas las normas por las que debía regirse el Hospital, valga como muestra: “recibir solo personas que tengan auténtica necesidad… cuando el enfermo … en articulo de muerte ha de proveer que haga testamento, sin estorbarle de hacer lo que quisiere…hagan barrer la sala donde están (los enfermos) e aderezar las camas, e haya almohadas…”

Cerca del Hospital había un matadero que consiguió trasladar alegando: “está cerca del Hospital face muchos malos olores…” acción que le hizo ganar el favor de los madrileños que no tardaron en atribuirle prodigios.

Termino esta vida con unas palabras suyas que la declaran como mujer independiente… “los bienes que yo he e tengo los he auido de mercedes e donaciones de Sus Altezas, por mi industria, estudios y trabajos.”

LUCÍA (LUISA) DE MEDRANO.

Catedrática de Retórica de la Universidad de Salamanca, aunque apenas hay testimonios escritos que lo certifiquen, solo hay referencias de algunos escritos en los que dan fe de ello sus contemporáneos, Lucio Siculo y Pedro de la Torre, ambos catedráticos de la Universidad de Salamanca. 

Fuese o no catedrática, puede asegurarse que impartió clases de latín y de Derecho Canónico en dicha Universidad y que fue una de las “doctora pullae” de Isabel La Católica.

Pocos más datos hay sobre ella. Hija de Diego López de Medrano y Magdalena Bravo. Se cree que fue bautizada como Luisa, y que el haber cambiado el nombre por Lucía se debe a Lucio Marineo Sículo que, por ser de origen italiano, al escribir el nombre de la humanista lo trocó por el de Lucía, de gran parecido fonético a Luisa.

CATALINA DE ARAGÓN.

Hija menor del Isabel y Fernando, educada junto a sus hermanos por los mejores maestros, entre ellos destaca Beatriz Galindo. Mujer de carácter fuerte y resuelta. A los 15 años partió con sus damas a Inglaterra para contraer matrimonio con el príncipe de Gales, Eduardo. Pronto enviudó y comenzó su doloroso calvario.

Como infanta de España está obligada a contraer matrimonio de nuevo, esta vez con Enrique VIII. Dos largos años pasaron hasta el día de la boda. La dote prometida no llegaba y el avaricioso Enrique VIII no consentía la boda. Mientras tanto Catalina y sus damas vivían en la miseria. Llegó el día de la boda y unos de felicidad para la infanta, se convirtió en esposa a amada y admirada, pero la envidia palaciega, el infortunio de los partos, y las amantes de Enrique, trocó en calvario la felicidad de los esposos. Sabido es que Catalina fue repudiada, separada de su única hija, María Tudor, y despojada del título de reina, mientras el cruel Enique VIII contraía matrimonio con la cortesana Ana Bolena. 

A pesar de los sufrimientos padecidos, Catalina introdujo el Renacimiento en Inglaterra. Erasmo reconoció que la erudición de Catalina era superior a la de Enrique. Reunió en la corte a todos los estudiosos del reino, incluido Luis Vives con quien mantuvo correspondencia durante toda su vida, aunque no consiguió que se quedase a vivir en la corte, y a quien encargó la obra “Instrucción de la mujer cristiana” que resultó ser un tratado en defensa de la mujer docta frente a las virtudes de la mujer virtuosa e ignorante.

Estaba tan preparada que cuando se celebró el juicio para declarar nulo su matrimonio con Enrique, no precisó abogado para su defensa, ella misma se defendió. Son muchos los historiadores que han revisado sus argumentaciones y han llegado a la conclusión de que el caso estaba bien fundamentado.

Hasta su muerte el pueblo inglés la consideró su reina. Al enterarse Ana Bolena de su fallecimiento, pronunció las siguientes palabras:

“¡Ahora, por fin, soy la Reina de Inglaterra!”

Bibliografía: Mujeres renacentistas en la Corte de Isabel La Católica. Vicente Mª Márquez de la Plata y Ferrándiz. Ed Castalia, 2005.

Mª Vega de la Peña del Barco – Desde Dentro
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