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Microrrelatos – Gaviotas en Madrid

En el documental de naturaleza que pusieron la semana pasada, de no se qué sobremesa soñolienta, los huevos de tortuga eclosionaban todos a la vez, para que cientos de tortuguitas marinas se arrastraran sobre la arena de la playa ansiosas por encontrar refugio en el mar, viéndolas aletear impotentes sobre la arena, me recordaba a esos sueños en que las piernas se vuelven pesadas y no consigues avanzar por mucho que te esfuerces, quedando a merced de un perseguidor que nunca logro recordar cuando despierto.

Pero sobre las inocentes tortuguitas acechaba la voracidad de unas vulgares gaviotas de lonja portuaria dispuestas a picotearlas hasta reventarlas por el mero placer de saborear algo diferente a las habituales sardinas que se escapan a la redes de arrastre.

La inocencia y ansiedad de las tortugas contrastaba con la fría parsimonia de las gaviotas que apostadas en mitad de la playa se veían rodeadas de cientos de tortugas a las que picoteaban con desgana hasta atravesarlas.

La cantidad era tal que no tenían que volar de presa en presa, solo dar un par de pasos y se veían rodeadas de tantas que no sabían a cual picotear. Unas tortugas aumentaban su aleteo mientras otras, congeladas por el miedo, optaban por confiarse dentro de su concha aún frágil, ignorantes de que la dureza no se hereda sino que se adquiere con la edad (de eso doy fe).

Ayer en una plaza de Madrid, me tomaba una cerveza comprada a un compatriota chino. La plaza se había llenado de jovencitos cargados con bolsas de botellón. En esta paz estábamos cuando llegaron dos motos de las que se bajaron dos policías armando el revuelo en la multitud.

Los policías, rodeados de víctimas igual que las gaviotas portuarias, no sabían a quien detener y no queriendo salir detrás de nadie (supongo que por dignidad o vergüenza pública, todos sabemos lo humillante que es correr en público) se limitaban a decir, -eh, tú, detente ahí.

Ante lo cual unos aumentaban la carrera y otros, como inocentes tortugas, quedaban congelados por el miedo, a merced de las gaviotas uniformadas. Un consejo, nunca obedezcas por miedo a las consecuencias de la desobediencia, solo las tortugas cobardes se encomiendan a la piedad del poderoso.

TEMPERAMENTOS.

La temperatura en el exterior era sensiblemente inferior a la que había dejado el día anterior en la puerta de mi casa, por lo que ahora me refugiaba dentro de mi Peugeot como un apéndice de ésta.

El motivo de mi viaje había sido el estreno de un espectáculo de danza que protagonizaba una amiga. Salí del coche y me metí en la biblioteca que compartía terreno con el auditorio, para hacer tiempo hasta la hora del espectáculo.

El ambiente dentro me trasladó 10 años atrás, a la sala central de la biblioteca universitaria de Cáceres. No quedaba un silla libre y los estudiantes en lugar de hincar codos, los usaban para defender el espacio vital de sus libros sobre la mesa, que se quedaba pequeña para tal cantidad de celulosa encuadernada. Por suerte al final de la sala había unos sofás reservados para lectores de revistas y periódicos.

Me paseé por los anaqueles hasta encontrar la sección de psicología. Allí estuve hojeando títulos sugerentes: “El éxito a tu alcance”, “Psicología social”, “Jung para iniciados”. Ojeando uno de ellos descubrí una clasificación de temperamentos que se aseguraba científica.

Resumiendo mucho el asunto solo existían cuatro tipos de temperamentos. Los Sanguíneos, Los Melancólicos, Los Coléricos y Los Flemáticos.

No tardé mucho en reconocerme en uno de ellos, dejándome el descubrimiento (por otro lado esperado) un melancólico ánimo.

Una semana después, seguía leyendo sobre el asunto, esta vez asesorado por una licenciada en filosofía muy interesada en temas esotéricos.

-Nada de Melancólico, esos son muy sensibles, tu temperamento es Flemático.

-Dios mío, (pensé yo) esos son aburridos, sistemáticos, imperturbables… qué poco me conoce esta chica!!

José Antonio Mancera Gordillo

José Antonio Mancera Gordillo – Desde Dentro
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