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Diego Pacheco: Un hijo de Alcuéscar en la acción de Arroyomolinos (28 de octubre de 1811)

Aunque D. Eduardo Hernández Pacheco no llegó realmente a conocer a su abuelo Diego –éste falleció en 1844, en tanto el insigne Catedrático de Geología no vendría al mundo hasta 1872–, de la glosa que de él nos dejara en su relato costumbrista “La Brigadiera” (1950) se desprende la inequívoca admiración que a lo largo de su vida sintió por su figura. Es el segundo capítulo de esa historia novelada, el que lleva por título “El Brigadier”, el que mejor permite explorar la senda de esos afectos y, de paso, tomar cuenta de los tres escenarios esenciales en la vida castrense de D. Diego, el “primer brigadier” Pacheco: la Guerra de la Independencia, las Guerras de Emancipación Latinoamericanas y la Primera Guerra Carlista.
Si bien ya hemos dejado sucinta constancia de los principales hechos de armas de nuestro personaje en una comunicación que presentamos en el Congreso Internacional Guerra de la Independencia en Extremadura, celebrado en Llerena-Zafra en 2008 (Pavón y Pavón, 2009), la gentil invitación que nos brinda la dirección de la revista Cúpula nos posibilita hoy divulgar a un público posiblemente más amplio lo esencial de la primera parte de su trayectoria militar, coincidente con la Guerra de la Independencia.
Diego Hernández Pacheco, hijo de Diego Hernández Bejarano y Catalina Antillano Jara, nació en Alcuéscar el 18 de julio de 1789. Al parecer, se encontraba en la Universidad de Salamanca, cursando estudios de Filosofía, cuando en 1808 estalló la revolución popular que hizo frente a la invasión napoleónica de España. Como sucediera con tantos otros jóvenes, súbitamente Diego cambió la pluma por la espada y se alistó como voluntario tras el 2 de mayo de Madrid. Comenzaba así una dilatada carrera militar, que habría de durar casi cuatro décadas.
I. Primer destino: captando información entre los franceses
Sin duda es la “Hoja de Servicios” de este singular hijo de Alcuéscar, expedida por la Capitanía General del Ejército y Provincia de Extremadura y conservada en el Archivo General Militar de Segovia, el mejor guión para apuntalar el recuerdo de una andadura de tintes heroicos, cuyos primeros episodios se desarrollan precisamente –como vamos a ver– en nuestra tierra. No obstante, ciertos detalles de esa historia, no reflejados en los papeles oficiales, nos han sido transmitidos por el antedicho relato de D. Eduardo (y por otro de temática parecida que publicó en 1960), aquilatándose en la bibliografía militar e histórica posterior (De la Puente, 1960; Hidalgo, 2004).
Restringiéndonos en esta ocasión sólo a nuestro drama de liberación, cabe apuntar que el primer empleo que consta en su expediente es el de soldado distinguido, servicio que prestó en el Regimiento Mallorca entre el 6 de junio de 1808 y el 21 de abril de 1810; fecha esta última en la que promocionó a subteniente, sirviendo como tal en el Regimiento de Tiradores de la Legión Extremeña, durante más de cuatro años, hasta el final de la Guerra de la Independencia.
A lo largo de la misma, son diversas las campañas y acciones en las que participó. Al parecer, inicialmente fue comisionado por el Sr. D. Antonio de Arce para internarse en el ejército francés cuando se hallaba en las inmediaciones de Badajoz; un servicio de espionaje que, según reza la documentación castrense “ejecutó con bastante tino, trayendo noticias verdaderas del número de todas armas, situación y movimientos de los enemigos, dirigiendo también varios pasados al ejército español”. Comisionado por la Junta Superior de Extremadura y por el marqués de la Romana, siguió desarrollando esas funciones de información –que tan importantes habrían de ser en el desarrollo de la guerra– durante algún tiempo más.
II. El subteniente Diego Pacheco y la Sorpresa de Arroyomolinos
Pese a anotar su expediente un escueto “se halló en la acción de Arroyomolinos el 28 de octubre de 1811”, siguiendo el resto de la bibliografía referida se puede especificar algo más cuál fue su papel en la misma.
Como es sabido, la sorpresa, acción o batalla de Arroyomolinos –que por todos esos términos se la conoce– significó uno de los choques más afamados entre las tropas anglo-hispano-lusas y los ejércitos napoleónicos en suelo extremeño. Más allá de ello, las valoraciones efectuadas sobre la victoria aliada van desde su escasa significación práctica, principalmente defendida desde la óptica francesa, hasta su exaltación más absoluta, como es frecuente apreciar tanto entre los discursos y la propaganda españoles de su tiempo como en la bibliografía británica. No en vano, “Arroyo dos Molinos” –como se le designa en Gran Bretaña– ha sido tradicionalmente un episodio más apreciado y rememorado en las Islas que en nuestro país, donde hasta fechas bien recientes no ha empezado a despertar cierto interés entre el gran público. Pero, dejando a un lado estas cuestiones, nadie discute que Arroyomolinos constituye un capítulo singular de la Guerra Peninsular, precisamente por el carácter sorpresivo de la acción.
Precedido por la batalla de la Albuera, disputada en las cercanías de Badajoz a mediados del mes de mayo de 1811 y resuelta con una ajustada victoria aliada, el tiempo inmediatamente previo al de la acción de Arroyomolinos que ahora nos ocupa viene definido por la tensa espera de dos ejércitos que se observan si actuar. Será sólo una incursión de las tropas francesas de Girard, iniciada el 10 de octubre, desde Mérida a los campos de cereal cacereños –fuente de suministro habitual a lo largo de toda la contienda– la que desencadene (explotando la excesiva distancia entre las fuerzas napoleónicas encargadas de la vigilancia del sector occidental entre Sierra Morena y el Tajo) una respuesta por parte de Castaños y Wellington, los grandes estrategas de nuestro ejército.
Dicha respuesta consistió en una marcha del grueso del ejército aliado hacia las inmediaciones de Cáceres (donde por entonces permanecía Girard), previa reunión de todas nuestras tropas en Aliseda hacia el 24 o 25 de Octubre. Unas tropas integradas por las fuerzas anglo-lusas del general sir Rowland Hill; la división del Quinto Ejército bajo mando del brigadier D. Pedro Agustín Girón; los guerrilleros de D. Pablo Morillo; los jinetes del conde de Penne Villemur; y la pequeña y estrafalaria hueste –la Leal Legión Extremeña– creada y equipada por el aguerrido coronel escocés D. Juan Downie. Juntos sumaban unos 12.300; frente a los 4.400 franceses. Fruto de esa contundente (y hasta cierto punto desproporcionada) ofensiva aliada, Girard abandonó en fuga la capital cacereña el día 26, en medio de un temporal de lluvia referido en todos los informes, en dirección hacia el sur-sureste. Los aliados le persiguieron por distintos caminos, reuniéndose en Alcuéscar en la noche del 27 de octubre.
Como algún autor ha insinuado (Caballero, 2009), y nosotros mismos hemos podido precisar con renovados argumentos (Pavón y Pavón, 2009; Pavón, e.p.), fue el servicio de espionaje de la zona, fundamentalmente el de Alcuéscar –muy posiblemente encabezado por la persona de Francisco Pérez Pavón Cabezudo, pariente de Diego Pacheco– el que susurró al oído de Hill la eventual guarida de Girard, en medio de la huida, en Arroyomolinos. Una información que, a la postre, habría de resultar fundamental para el glorioso desenlace.
Y es aquí donde encaja la actuación del entonces joven subteniente Diego Pacheco, pues, integrante de la partida de Morillo, habría de ser él el encargado, según el relato de D. Eduardo Hernández Pacheco –en medio de una noche infernal, lo repetimos–, junto a un grupo de guías del país, de conducir a las tropas con una extraordinaria rapidez, y sin que éstas fueran descubiertas, hasta los arrabales de Arroyomolinos, desde donde se lanzó el ataque definitivo.
Como es bien conocido, una columna anglo-luso-española con infantería y artillería avanzaría frontalmente desde Alcuéscar hacia Arroyomolinos, marchando sigilosamente por el camino que une ambos pueblos. Una segunda columna, con la caballería británica en el flanco izquierdo, infantería aliada y la caballería española en el otro (de Penne Villemur), se dirigiría al costado derecho, con la intención de cortar una posible huida enemiga por el sur a través de los caminos hacia Medellín o Mérida; o incluso por el nordeste hacia Trujillo. Finalmente, una tercera columna de infantería española (con D. Pablo Morillo), en el flanco izquierdo de la formación, atendería al control del camino de Albalá y Torremocha, posible eje de una fuga a la desesperada en dirección al norte. En la plaza ocupada permanecía Girard ajeno a estos preparativos, cuando, de un modo absolutamente imprevisto, el enemigo se le vino encima.
El desenlace de los hechos es también muy conocido, por lo que no vamos a detenernos en demasía en él: tras el ataque (que ocasionó el fin de unos 400 franceses y el cautiverio para otros 1.400, la mayoría heridos), la persecución tras Girard y sus acompañantes desde los riscos y aledaños meridionales de la Sierra de Montánchez hasta las inmediaciones de Santa Ana. Sólo unos 400 soldados de Napoleón se salvaron de la prisión o la muerte, escapando entre ellos el propio Girard, quien, tras pasar por Ibahernando, Zorita y cruzar el Guadiana por Orellana la Vieja, por fin logró contactar en una durísima retirada con la retaguardia del ejército francés.
La conseguida en Arroyomolinos sería, como algunos han sugerido, la primera de toda una serie de victorias que, ensanchando el terreno ocupado por el Quinto Ejército, consiguieron para las fuerzas aliadas una importante cuña central que posibilitó las dos decisivas operaciones (conquistas de Ciudad Rodrigo el 19 de enero de 1812; y Badajoz el 7 de abril de 1812) con las que se acabó de derrumbar la ocupación francesa de la provincia de Extremadura.
III. La Guerra de la Independencia, forja de los últimos defensores del Imperio Español
Pero Arroyomolinos fue sólo el comienzo; pues el expediente militar de Diego Pacheco pondera otras muchas campañas en la guerra contra el francés. En este sentido, no podemos dejar de destacar, entre ellas, las desplegadas en el País Vasco y la frontera del país vecino, como “la gloriosa batalla de Vitoria el 21 de junio de 1813, en las acciones ocurridas desde el 25 hasta el 31 del mismo julio. En el puerto de Venta Artea y pueblo de Sorauren; en toda la persecución de los enemigos hasta la raya de Francia: en la que se dio sobre Espeleta en dicho reino el 10 de noviembre; en el reconocimiento del río Nive el 12, en el paso de dicho río y acción de Arrocaray el 9 de diciembre; en las del 10 y 16 de enero de 1814 en las alturas de Geleta; en las del 14, 15 y 16, sobre Geleta y Pale y en el bloqueo de la plaza de Navarrens desde el 24 de febrero hasta el 1 de mayo del mismo”.
Como recientemente ha recordado el profesor Cuenca Toribio (2006), la Guerra de la Independencia significó para muchos militares –como Pablo Morillo, Mariano Ricafort o el propio Diego Pacheco, camaradas en Arroyomolinos que después habrían de reencontrarse en el Nuevo Continente– una lección práctica impagable que habrían de aplicar, allende los mares, en la defensa para el trono de Fernando VII de unas tierras americanas que ya no querían seguir perteneciendo al Imperio Español. Pero esa es otra parte de la historia de nuestro personaje que tal vez merezca ser recordada en otra ocasión.

Bibliografía:

• Caballero Torino, F. J. (2009): La batalla de Arroyomolinos. Ciudades en Guerra (1808-1812). Cáceres.
• Cuenca Toribio, J. M. (2006): La Guerra de la Independencia: un conflicto decisivo (1808-1814). Madrid.
• De la Puente Pintado, J. M. (1960): “La batalla de Arroyomolinos de Montánchez. Un episodio de la Guerra de la Independencia”. Ejército. Revista Ilustrada de las Armas y Servicios del Ministerio del Ejército, 250: 13-23.
• Hernández Pacheco, E. (1950): “La Brigadiera. Historia novelada”, Alcántara, VI, 27 y 28: 17-25 y 16-24.
• Hernández Pacheco, E. (1960): “Alcuéscar en la Sorpresa de Arroyomolinos de Montánchez”, Alcántara, 137: 3-10.
•Hidalgo Valle, A. (2004): Alcuéscar y su historia. Cáceres.
•Pavón Soldevila, I. y Pavón Mayoral, J. (2009): “Sobre la participación del pueblo de Alcuéscar, D. Diego Pacheco y D. Francisco Pérez Pavón Cabezudo en la acción de Arroyomolinos (28 de octubre de 1811)”. Actas del Congreso Internacional Guerra de la Independencia en Extremadura. II Centenario 1808-2008. IX Jornadas de Historia en Llerena. Sociedad Extremeña de Historia-Centro de Estudios Estado de Feria: 373-388.
• Pavón Soldevila, I. (e.p.): “La sorpresa de Arroyomolinos (28 de octubre de 1811) y Francisco Pérez Pavón: una perspectiva desde su bicentenario”.

 
Ignacio Pavón Soldevila. Dpto. de Historia. Universidad de Extremadura –Colaboraciones externas. Contacto: ipavon@unex.es
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